Nos remontamos al inicio del otoño del 2018, dentro del contexto que se vivía en aquellos tiempos a nivel nacional, llama la atención el gran “éxodo” por parte de Centroamérica hacia la entrada de nuestro país, enormes caravanas de inmigrantes buscando un sueño, una esperanza, una mejor vida y todo esto por diferentes conflictos sociopolíticos del momento.
Sin embargo, coincidía también con un fenómeno metereológico que hasta la actualidad seguimos teniendo en nuestra memoria. La narrativa comienza con los informes acerca de las medidas preventivas del presagio de un huracán proveniente del norte de nuestro país. Iniciando como tormenta tropical hasta madurando como un huracán, alrededor del último trimestre del año su paso hacia la costa del pacífico es inevitable pese a toda proyección, del cual entra con gran categoría hacia el estado de Sinaloa y Nayarit.
Al momento de recordar sobre cierto desastre natural de esta magnitud es inevitable hacer llegar a nuestra memoria sobre eventos previos, dando entrada a nuestra imaginación hasta visualizar las ultimas consecuencias que pudo ocasionar los eventos del pasado y solo por mencionar un ejemplo, huracán Kenna en aquel inolvidable año del 2002.
Pero como todo ser humano con ese instinto natural de supervivencia, seguimos teniéndole su respectivo respeto al evento, ya que son cuestiones que no esta en nuestras manos ni el evitarlo, ni el saber que consecuencias conllevaría, solo queda poder reaccionar de la mejor manera ante esto y sacar lo mejor posible.
Cuenta la señora L: “Estábamos mi esposo y mis tres hijos en nuestra casa aquella tarde que se nos hizo eterna, seguía lloviendo y lloviendo, empezaba inundándose las calles, después las avenidas y finalmente nuestras casas, tuvimos que subirnos a nuestra azotea, en ese momento era el lugar mas seguro. No pudimos rescatar nada, todo se perdió, todo por lo que trabajamos toda nuestra vida se destruyó en un par de horas”.
Como este relato dramático había decenas de miles de testimonios que así lo vivieron en carne propia, en aquella región del pacífico. Un evento que para los que no lo vivimos de cerca prevaleció sus respectivas horas pero para aquellas personas les significó una eternidad.
Una región sumamente trabajadora, dedicada en su mayoría al comercio, agricultura y ganadería, la mayor parte de aquel sector vivía al día. Posteriormente se muestran los fríos datos de ciento ochenta mil personas damnificadas, aproximadamente cien mil habitantes lo pierden absolutamente todo y nueve personas fallecidas.
Dicen, que la mañana siguiente es la peor sensación de la cruda realidad, asemejarse a este evento y sus consecuencias toma su tiempo digerirlo y procesarlo.
Y por si fuera poco, a las semanas siguientes se informa sobre un brote de Leptospirosis, una zoonosis de animales domésticos y silvestres provocada por una espiroqueta del cual se transmite mediante agua y/o suelos contaminados, entrando a nuestro organismo por medio de mucosas, piel erosionada o vía aérea, recordando que la inundación acabo con gran parte de los animales de granja y que todo esto provocara este efímero ciclo, que conlleva desde una enfermedad aguda febril leve hasta un gran trastorno patológico dañando a múltiples órganos internos.
La ayuda llegó a su tiempo, este hecho sin duda conmocionó a gran parte de la sociedad del cual afortunadamente hubo buena respuesta por parte de la mayoría de los sectores. La salud es lo primero ante todo y aunque a la mañana siguiente se encuentran en este proceso de digerir todo lo que había sucedido horas previas, esto hasta el día de hoy ha sido motivo por el cual siguen saliendo adelante.
Retomando la perspectiva de hace dos años, el día de hoy la región luce diferente, sobre todo en las personas y esto es a esta enorme resiliencia característica reconstruyendo con cimientos pero esta vez, con mayor fortaleza gracias a la experiencia, aunque claro, hay zonas donde la cicatriz permanece.
Queda demostrado una vez más que literalmente una persona puede llegar a perderlo todo de la noche a la mañana y que en su mayoría concuerdan en que debemos de vivir en el presente, sin mirar al pasado porque ya lo fue, ni al futuro porque es incierto. Manteniendo de igual manera el respeto hacia los fenómenos naturales que podrían desencadenarse en algún momento, pero no solo a esto sino hacia cualquier otra adversidad, porque en ocasiones la vida cuando algo te quita, es para darte algo mejor.

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